Advertisement

Cocina de guerra

 

Hay personas que son adictas a la adrenalina, a trabajar contra presión. Mozart escribió la Obertura de Don Giovanni la mañana de día que se estrenaba la ópera. El músico compuso sufriendo la resaca de la parranda de la noche anterior. El problema es que no todos somos Mozart.

Hoy les contaré una chiripada de la cocina napeleónica. No sé si lo sepan, pero desde el Imperio de Bonaparte, en Francia se impuso una ley que prohíbe llamar Napoleón a los cerdos. Y tal vez sea porque el Emperador no quería que hubiera dos con el mismo nombre. Así es. El casi conquistador del mundo era un verdadero asco para comer. ¿Tenedores? Cabe más con la mano. ¿Sopa con cuchara? Mejor meto la cara y la sorbo todo. Si yo hubiera tenido todo ese poder, ya me hubiera empachado de dulces franceses pero no, Bonarte era vulgar y le gustaba atascarse de lo que hubiera. Le fascinaban, eso sí, las lentejas. Nunca podían faltar. Ya les platico los horrores de convivir con él.

Su chefs, más que dominar una extensa cantidad de recetas, debían ser expertos en el ¡chin, ya le dio hambre al jefe! Pues nuestro queridísimo (o no tanto) Emperador guardaba la comida para la perra; la perra hambre de al rato porque no tenía hora fija. Sus chefs eran esclavos de su estómago.

En el año 1800, las tropas de Francia enfrentaron a las del Imperio Austríaco cerca Marengo, un poblado de Piamonte. Napoleón todavía no era emperador, pero él comandaba la batalla: era el primer cónsul de la República. Se jugaba el prestigio de nuestro aún general. Bonaparte se batía con el general Von Melas. Al principio, los austriacos iban ganado, pero aparecieron los refuerzos y ganó Francia.  

#RecetaGourmet: Sándwich de pollo al gratín

Para celebrar, muerto de hambre, porque no había probado bocado, Napoleón llamó a su chef, un tal Dunand. ¡Oh sorpresa! Las tropas enemigas habían destruido las diligencias donde se transportaban los víveres y no había provisiones. Imagínense lo que sintió el pobre chef; mandó a medio mundo a buscar cualquier cosa comestible que hallaran alrededor. Le trajeron un pollo, tomate, aceite de oliva, huevos, cangrejos, vino blanco de la región y pan. El chef aplicó la de ¡Ave María, dame puntería!, y cocino a partir de esos productos. El chef tuvo suerte e inventó uno de los platillos favoritos de Napoleón, el Pollo Marengo. A decir verdad, no es nada gourmet y rara vez aparece en los menús de los restaurantes; es un revoltijo hogareño. Por supuesto, hay versiones más sofisticadas, el célebre Escoffier introduce trufas y champiñones, pero son versiones sofisticadas de la verdadera cocina de guerra. La clave del platillo, digo yo, es el vino blanco.

Cómo verán, trabajar a presión a veces trae resultados magníficos pero si les diré una cosa, no lo intenten en casa.