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Cuatro regiones mexicanas para conocerlas a pie

 

Caminar es una forma diferente de conocer las ciudades. Sólo se necesitan zapatos cómodos, curiosidad por los sabores de la región y un espíritu aventurero que nos lleve a nuevas posibilidades de enamorarnos de donde vayamos. Éstos son cuatro lugares dentro de México que se pueden conocer en un par de días, sin prisa por descubrir una rica tradición y las nuevas propuestas que inspiran. Son destinos ideales para caminar con tu pareja.

Por Raquel del Castillo @Raquel_Pastel 

Los clásicos nunca pasan de moda: El Viejo Vallarta

Alejado de la zona hotelera de Puerto Vallarta, este sitio tiene mucho para ver y saborear, los pata salada y el ambiente de la zona son causa de felicidad. Y si no, pregúntenle a chefs como Thierry Blouet de Café des Artistes —con 20 años recién cumplidos— o Bernhard Güth de Trío, quienes aprovechan al máximo las bondades del mar y las frutas de temporada, como el mango.

Aquí hay muchas posibilidades, ya sea en la orilla de la playa, en un restaurante como La Palapa de menú con inspiración thai o al caminar libremente por la playa mientras se bebe tuba, un fermentado de origen filipino preparado con salvia de palma de coco, manzana y nuez. El sonido del Río Cuale se vuelve parte del escenario cuando se come alrededor de él, tanto en el River Café como en el Mercado Municipal.

Las caminatas pueden empezar con los primeros rayos de sol recorriendo el malecón, de casi un kilómetro de playa con vista hacia Bahía Banderas, en compañía de las esculturas del Caballito de Mar, de Rafael Zamarripa; o el Tritón y la Sirena, de Carlos Espino. También es posible sentarse en la Rotonda del Mar, rodeada de personajes marinos surrealistas de Alejandro Colunga o bien, ascender por la escalera de Sergio Bustamante.

Hay varios tianguis, uno de ellos es el Farmers Market dominical, que funciona de diez de la mañana a dos de la tarde. Aquí encontrarás conservas, pan, comida casera, mermeladas, frutas y verduras de los traspatios y huertos. En cuanto a las actividades ecológicas están: el avistamiento de ballenas, la liberación de tortugas marinas y el senderismo por el estero El Salado, rico en flora y fauna, como la  iguana verde, el garrobo y el cocodrilo de río.

 

Chiquito y sorprendente: San Miguel de Allende

 

Es un territorio internacional con aproximadamente 24 cuadras —y callejones—. Se escuchan varios idiomas alrededor, de hecho, muchos turistas se enamoran tanto de dicha ciudad, que la consideran para vivir ahí su retiro. San Miguel se conoce a pie y es la mejor opción para deleitarse con sus ventanas coloniales de hierro forjado, puertas talladas en madera, pequeñas galerías, y hacer un viaje en el tiempo en una farmacia con un look de botica muy interesante (De Santa Teresita).

Se puede hacer un día de campo en Vía Orgánica y al mismo tiempo gozar de una vista espectacular, conocer sobre los procesos de cultivo, montar a caballo, tener una comida que incluya pizza casera y cerveza artesanal y comprar algunas cosas en su tienda, que además de su cosecha tiene especias de todo el mundo. El Café contento, de José Bossuet, es otra de las opciones para el tour culinario con sus Enchiladas de Portal bañadas en chile guajillo rellenas de queso, papa y zanahoria, acompañadas de jalapeños en vinagre. También se puede visitar al chef Mateo Salas en Ápero, con un menú por tiempos en el que destacan sus pastas y su panchetta elaboradas en casa o su burrata en olla de barro. Si se quiere conocer de todo un poco, el festival Los Sabores de San Miguel, a mitad del año, será una grata experiencia.

En cuanto a los mercados, está el orgánico de los sábados con gran variedad de semillas para el cultivo en casa, barras de pan de caja y dulce artesanales, mieles, hierbas aromáticas, plantas, comida preparada y remedios herbolarios. Al mercado tradicional Ignacio Ramírez se debe ir temprano, ahí se encuentran productos como el atole negro, elaborado con ceniza. Además, las señoras van llegando con productos frescos de la milpa y sus flores.

Platillos típicos vistos en todo el territorio serán las enchiladas mineras y las pacholas, unas empanadas fritas rellenas de carne molida, así como los fiambres de distintas carnes, fruta y verdura con lechuga y vinagreta. De bebidas está la cebadina, un preparado de cebada, jamaica y tamarindo con bicarbonato de sodio para su efecto efervescente, también el agua de betabel. En cuanto a los postres, están los tumbagones, parecidos al buñuelo pero en forma de anillo espolvoreado de azúcar glass.

Oaxaca, tierra del mezcal

Aquí lo tradicional convive con lo contemporáneo en cada esquina. Esta cuna del barro negro, el mezcal y el café contrasta con los textiles, la artesanía y la comida. Se aprecia cuando tenemos un pork belly en nuestra mesa bañado en mole de chicatanas o cuando vemos un stencil de un hombre con cabeza de venado sobre las paredes antiguas.

Por la mañana, se puede descubrir el Tesoro de Monte Albán en el Museo de las Culturas de Oaxaca dentro del ex-Convento de Santo Domingo, que es una edificación virreinal, o ver desde las alturas el jardín etnobotánico. A mediodía, la central de abasto tiene de todo: comales de barro de todos los tamaños, metates, molcajetes, chiles locales entre los que destacan el chilhuacle negro para el mole, el chilhuacle amarillo para el amarillito, hierbas endémicas como el chepil y el piojito, y quelites como la hierba de conejo de sabor anisado.

El 20 de noviembre es otro emblemático mercado para desayunar un pan de yema con chocolate o bien, después de las once de la mañana, un tejate espumoso. Además, nieves, botellas de mezcal, tabletas de chocolate de metate, granos de cacao tostado, tlayudas de tasajo y el amarillito para la hora de comer.

Para saborear este estado, vale la pena visitar Casa Oaxaca, del chef Alex Ruiz, quien tiene sopa de guía cuando es temporada y el singular ceviche de chamoy, así como tostaditas de salpicón acompañadas de su respectivo mezcal; Las Quinces Letras, de Celia Florán, que alcanzó la fama gracias a sus tamales; La Teca, de Deyanira Aquino, con sus garnachas istmeñas; y Zandunga, de Aurora Toledo, con su bienvenida de minillas de pescado.

Otros lugares a visitar son Origen, del joven chef Rodolfo Castellanos, y su visión contemporánea que utiliza ingredientes locales. El pulpo a las brasas con ensalada de verdolagas y el rib eye con manchamanteles de chicatanas son parte de su menú. Por otra parte, Pitiona, de José Manuel Baños, tiene un excelente tiradito de jurel acompañado de aguacachile de canario. No hay que olvidarnos de Mezquite, de Ricardo Lemus, que cuenta con un plato estrella: los tacos de estofado de res.

Puebla, más allá de la talavera

La Angelópolis está repleta de iglesias y arte sacro, y hay mucho que probar en ella, aunque sea chiquita. Los chiles en nogada nos esperan de agosto a septiembre y se pueden disfrutar para después darle paso a otro platillo interesante: el mole de caderas, de octubre a noviembre, un guiso ritual en el cual los chivitos de un año son cebados con una dieta muy estricta de hierbas de monte, sal y poca agua; cuando se prepara el caldo, se utiliza con guaje limpio, hoja de aguacate y cilantro recio.

Los sábado es el día para la compra de antigüedades en el Callejón de los Sapos, ya sea en la calle o dentro de las galerías. Se pueden conseguir cubiertos, vajillas y charolas metálicas vintage entre otras curiosidades para tener en casa. Las cemitas y el mole están en el mercado El Parral o en el Independencia, en donde la gente compra lo del diario. Ésta es una buena oportunidad para conocer las frutas y legumbres de temporada, además de los panes locales como la chancla, esponjosa y liviana.

Si se quiere aprender la receta del mole o de los chiles en nogada se puede tomar una clase dentro de una cocina colonial en el Mesón de la Sacristía, usar el metate y el molcajete y después comer los alimentos en platos de talavera. La cerveza local y los antojitos contemporáneos están en Maíz Prieto, con sus croquetas de plátano macho rellenas de requesón y frijol o bien, las de chicharrón prensado. Un poco más lejos del centro está Intro, el lugar de las experiencias culinarias en donde la cocina del chef Ángel Vázquez tiene pocos ingredientes pero es sorpresiva y llena la vista y el paladar, además de preparar en las tardes coctelería especializada en gin y vermouth.