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El turista

Era la sexta primera cita de 100. Sí, 100. Tenía una meta clara: 100 restaurantes y 100 hombres diferentes. Sin compromiso alguno con ellos más que la promesa de probar nuevos lugares y pasarla bien. Había cosas que no sabía, como, ¿qué pasaría si me enamoraba de todos?
Dicen que la gallina es la de los huevos y no los pone todos en una misma canasta.

Por Falsa Magra // Ilustración Víctor García

Llegué como es costumbre 20 minutos antes, me senté a esperar y dejé la bolsa de pepitorias que compré de camino sobre el plato del chico con el que me iba a encontrar. Él nunca había estado en México en su vida y era importante darle un tour rápido por nuestra gastronomía, sus olores y sus diferentes maneras de enamorar. Tener el tiempo contado es una bendición y una carga. Había que enseñarle muchos rincones de mi país en menos de tres horas. La primera parada eran las obleas de colores fosforescentes rellenas de pepitas y miel de agave.

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Entró al restaurante cuando le estaba dando un trago a mi mojito mezcal. De la emoción tragué demasiado y se me congeló el cerebro. “Ho-la, ¿Falsa Magra?” Me saludó con la mano y luego uno de esos abrazos incómodos que nos damos entre gringos y mexicanos.

Nos sentamos. Le hice señas al mesero. Pedí otro mojito para él y antes de ordenar, hice la pregunta de siempre “¿Eres alérgico a algo?” No era. Primera prueba superada.

gourmet literario

Llegó una Tlayuda con tasajo, crema y salsa. Crujiente y escandalosa. Protagonista, quitando todo el espacio de la mesa. Mexicana en todos los sentidos. También trajeron un plato de guacamole con chapulines. El gringo se me quedó viendo desorbitado. Nunca había visto una tortilla que no fuera de Tacobell y mucho menos insectos en la comida. Corté una parte, le puse una cucharada del guacamole y se la di. Me dio gusto verlo morderla sin miedo. El primer paso es el más difícil. El viaje a Oaxaca ya estaba hecho. Le conté de lugares lindos a los que tiene que ir mientras esté acá.

Salbutes de Cochinita pibil. Me dijo que parecían arepas, había aprendido español en Venezuela y estaba muy familiarizado con la comida local. Cuando probó la carne, la cebolla morada, el achiote y la naranja hicieron su trabajo, se enamoró profundamente. ¡Bienvenido a Yucatán, my friend!

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Ahora sí, el plato fuerte: Enchiladas. Mole negro, Pipián y mole rojo. A él había que explicarle que cada una de esas salsas tenía más de 20 ingredientes y el trabajo de mucha gente. En México el pollo es sólo un pretexto para comer mole. Mis primeras citas siempre son un intento de extraer y dar tanta información como se pueda, así que cuando hay platillos como éstos me aprovecho. Le conté de Puebla y de sus miles de iglesias, de sus dulces y de la talavera. Me prometió que va a ir.

Mientras me contaba sobre la cruz templaria y los inviernos de -20 grados de su niñez, me di cuenta de que sin problemas podría quedarme platicando con él más tiempo. Antes me había caído gordo. Repetía frases en español caduco como merolico para hacerse el chistoso. Las primeras citas suelen ser engañosas porque nos sentimos incómodos al principio, hacemos cosas que no haríamos o diríamos normalmente creándole al otro una idea falsa de nuestra personalidad. Una vez que logramos estar más en confianza y romper esa barrera todo fluye como debería. Los mojitos de mezcal también seguían llegando.

De postre un pay helado de limón. Como muchas otras cosas que me hacen feliz en la vida, es algo muy simple que con un poquito de creatividad se vuelve perfecto. Helado de limón, merengue quemado, la coquetería de encontrar el regalo de galleta en el fondo sin robarle todos los bocados a mi acompañante, algo dulce y refrescante para terminar la comida de la primera cita número seis de cien.

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Hay una teoría que dice que si haces las preguntas correctas seguidas a una persona puedes crear intimidad en tiempo récord e incluso, enamorarte (y de regreso). De esas preguntas hoy elegí algunas, que me hicieron entender las razones por las que este señor estaba sentado con una mexicana que conoció en Tinder un día después de aterrizar en la Ciudad de México. Le hice las preguntas mientras nos tomábamos el café de olla que a él le supo a Navidad.

El ejercicio fue más allá y él se puso sospechoso: “¿Explícame, para qué haces esto?” —Porque me gusta conocer lugares nuevos y platicar con gente que no conozco. “¿Quieres casarte con el que elijas después de las cien citas?” —No realmente. Esto es más un experimento de autoexploración que un concurso de la mejor pareja. “¿Y si el que tú escoges no quiere seguir saliendo contigo?” —Eso nos puede pasar a todos, ¿no? “¿Y si te invito a una segunda cita?” —Primero tengo que acabar con 94 citas más. Si todavía estás en México para eso, tú escoges el lugar.