#GourmetLiterario La bendición de los tiempos modernos

 

Que les dije que no. Que estaba enfermo, que les va a dar la chiripiorca, que se les va a inflar la panza, que les va a dar el córrelequetealcanzo. Pero nadie oyó a la abuela, con sus cosas de vieja que a nadie le importan.

Por Alberto Sánder Ilustración Víctor García

Así que le trozamos el cogote, lo desplumamos, y sin pellejos echamos al agua al pollo, casi verde de tan moquiento que ya estaba.

Lentamente nos repartimos las carnes, con todo y tripas rellenas, con todo y cresta y hasta con pico. Primero que sí, luego que no, al final hasta la abuela le hincó el diente, y de pronto, un hueso se le atoró en el gañote, y así se le fue la vida, de a poco, con los ojos grandes como platos, de miedo y de rabia, porque ella no quería pollo, pero las tripas le crujieron, y las tripas siempre le ganan a los sesos, y así estiró la pata.

Que se nos murió la abuela, que hay qué vamos a hacer, que ya no tenemos ni el pollo para comer, que ya ni hay tierra, puro asfalto, que ya no nos queda nada que vender, que mejor nos vamos. Entonces la dejamos ahí sentadita junto al cazo y cada uno tomó un camino distinto.

Camilo se fue rodando pa’al sur. Pase usted, le dijo un hombre de sonrisa grande y traje lustroso. No cabe duda de que es un hombre de mundo, un hombre ocupado. Nosotros hemos resuelto los engorrosos predicamentos que actividades banales, fútiles, sin sentido, tienen sobre los hombres de su tipo. Usted podrá reducir al mínimo el tiempo que dedica a alimentarse. Tome asiento por favor.

Frente a Camilo sirvieron treinta variedades de ensalada, catorce distintos cortes de carne, doce clases de aves, un sinfín de pescados y mariscos, gran variedad de frutas exóticas. El hombre del traje lustroso y sonrisa perfecta alentó a mi hermano. Camilo eligió un par de codornices asadas, salsa de mango y una copa de vino tinto, cosecha 1963.

Entonces, el hombre hizo entrar a un par de camareras, quienes retiraron los platillos intactos y con embudo en mano vertieron un licuado a través de la garganta de mi hermano. Él retrocedió, pero en ese momento un hombre musculoso, con pinta de forzudo de circo le entregaba un recibo. La cuenta, a diferencia de la experiencia culinaria, era en exceso extendida. Camilo exigió ver al hombre sonriente, cuya sonrisa se había perdido y esto empeoró cuando Camilo mostró sus bolsillos vacíos.  

Para Giocondo las cosas no fueron mejores en el norte. De igual forma encontró a un hombre sonriente con una mesa portentosa. Pero al momento de hincar el diente, unas mujeres entraron en la sala y comenzaron a masticar la comida de Giocondo, dejando una pasta arenosa sobre un platito hondo.

Si en el sur la tendencia indicaba premolición; en el norte, la premasticación; en el centro, hacia donde yo me había dirigido, ésta se inclinaba por la predigestión. Y con dicha palabra será mejor no entrar en detalles, para evitar futuras regurgitaciones…

Después de purgar condenas, por robo de comida con alevosía y ventaja, con unos pesos en el bolsillo y mucha hambre en la tripa, nos reencontramos en la vieja casa donde habíamos dejado sentadita a la abuela, junto al viejo cazo de cobre. Ahí, donde se suponía debía seguir la abuela, encontramos un árbol de duraznos que trozaba el techo. Camilo trepó a lo alto, Giocondo buscó el cazo, entre los tres pronto lo llenamos hasta el borde.

Y por fin, después de tantos años, nos sentamos a comer.

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