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El hombre pasta

 

Se levantó pasadas las dos de la tarde. El aire era cálido y ligeramente húmedo. Entró a la cocina, tomó la olla y vació el líquido en un recipiente de unicel. Lo introdujo en el microondas y apretó el botón de 30 segundos. Poco a poco el aroma se hizo más penetrante, pero también más familiar. Recordó los comerciales de café, los rostros de confort matutino, el vapor ondulando hacia la nariz de los actores, y recordó también los comerciales en los que él mismo había participado. Él ya no tomaba café, tampoco té, mucho menos cocteles fluorescentes, ni cervezas artesanales.

Por José Emilio García

Escuchó el molesto pitido del microondas en dos ocasiones, sacó el vaso de unicel y sorbió tranquilamente el agua donde había cocinado la pasta del día anterior. Cómodamente recostado en el sillón de piel, hojeó la correspondencia mientras vertía azúcar sobre el espagueti: estados de cuenta, pagos de servicios, postales y promociones bancarias, y de vez en cuando la inútil invitación a participar en un concurso gastronómico. Espolvoreó un poco de canela sobre la pasta de desayuno y comenzó a pensar en el pasado. ¡Repostero del año! ¡Chocolatero inigualable! ¡Premio Dulce Compañía! Sí, hubo un tiempo en que dedicó su existencia a la cocina y el mundo fuera de ella lo había amado. Su nombre aparecía en redes sociales, revistas y televisión, pero su mayor alegría emanaba siempre de su labor en la cocina, de la consciencia de haber realizado bien su trabajo. Que éste se reflejara en el rostro de los comensales (y en su cuenta de banco), resultaba casi circunstancial. Algún día había sido feliz realizando esa labor y había hecho felices a otras personas, pero ese tiempo se había terminado.

Un buen día vendió los restaurantes y rechazó los patrocinios. Se dirigió al súper más cercano y compró tantos paquetes de pasta como pudo: centenas o quizás miles de paquetes rebozaron en los carritos que empujó torpemente a través de las cajas. ¿No desea llevar salsa?, le preguntaron, pero no hizo caso, sólo extendió la tarjeta dorada, cargó todo en la camioneta y se encerró en su departamento. Por un tiempo lo buscaron inversores y reporteros, pero nunca respondió. Lo ignoró todo y a todos hasta que sólo las listas de correo automáticas lo recordaban. Colocó la olla con agua del lavabo en la estufa y se adentró en la alacena. No quedaban más que un par de paquetes de moñitos y municiones. No recordaba haber comprado pasta para sopa, pero él sabía arreglárselas, después de todo, no utilizaba salsas ni demasiados condimentos: colocaba la pasta cocida en un recipiente de unicel, vertía un poco de sal y pimienta, y simplemente se alimentaba.

Por la noche comenzó con fiebre. Algo había salido mal, pero no se lo explicaba. ¿De verdad era tan malo comer pasta para sopa como… La pasta de todos los días? Escuchó un ruido en la sala y se levantó. Encendió la luz principal y para su sorpresa, ella estaba ahí, de pie y con un sobre en la mano. A pesar de todos estos años, Marie lucía hermosa, con su cabello largo y negro. Él intentó explicárselo todo, pero ella negó con la cabeza y le extendió el sobre. Su mano jamás había sido tan blanca. Él tomó la carta, pero se rehusó a abrirla, tenía cosas mucho más importantes de las cuales hablar. Le ofreció agua de pasta y antes de que ella respondiera, él salió corriendo a la cocina para calentar la bebida en el microondas. Cuando regresó con los dos vasos de unicel ya era de día. Buscó a Marie en el cuarto, tras las cortinas y hasta en el refrigerador, pero ella ya no estaba ahí. Tan sólo un sobre abierto reposaba en la pequeña mesa de centro. Al día siguiente se encontraba completamente resuelto. Se había levantado temprano, tomado un nutritivo licuado de pasta y se había presentado en la enorme cocina del hotel donde se llevaría a cabo la décima edición del concurso repostero. Los medios lo habían reconocido, las viejas amistades le estrecharon la mano y los viejos enemigos le sonrieron con hipocresía. La preparación resultó más tranquila de lo que muchos esperaban, mas no así la presentación.

Él tomó el último turno y nadie se lo disputó, quizás por respeto a la leyenda repostera, quizás sólo porque fue el último en terminar. Cuando finalmente se alzó la cortina que pendía sobre su postre hubo un brevísimo momento de silencio: no se escuchó el disparador de las cámaras ni se iluminaron los flashes, nadie respiró ni pestañeó siquiera. Luego comenzó un ligero aplauso que se extinguió rápidamente, seguido de un tosido y una risa. El murmullo se hizo de pronto evidente, la gente se volteó a ver desconcertada, las risas brotaron entre la multitud y una ola de aplausos intentó sofocarlas, los fotógrafos se empujaron entre sí tratando de acercarse al postre, las celebridades intentaron abrirse paso a base de codazos para tomarse la mejor selfie , mientras que los borrachos —que nunca faltan hasta en los eventos de postres— aprovecharon la confusión para arrebatar las botellas a los meseros, dar largos y felices tragos y de inmediato lanzar la champaña al aire como si de fuentes se tratara, perturbando y contagiando a todos los congregados. Algunos intentaron salir corriendo mientras que los de afuera empujaron hacia adentro, atraídos por los ríos espumosos. Fue un espectáculo horrible y festivo que, sin embargo, pronto ignoró tanto al postre como a su creador, quien se retiró a paso tranquilo por la cocina mientras se preguntaba qué tenía de extraordinario su postre a base de pasta.

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Al día siguiente se publicaron las historias sobre el postre y en las redes sociales pareció continuar la borrachera de la noche anterior. Hubo quienes interpretaron aquel platillo de pasta como una crítica al capitalismo tardío, otros como un statement culinario sobre la postridad , mientras que para unos cuantos no había sido más que una burla. Un grupo de artistas incluso tomó el postre de pasta como estandarte de su movimiento, pero a decir verdad, nadie podía decir si sabía bien o no pues nadie lo había probado. De una u otra forma, todo el mundo esperaba que el galardón fuera otorgado al monstruo de pasta, lo cual por supuesto no sucedió porque, como suele suceder, el premio estaba arreglado desde un principio. Por su parte, al volver al departamento tras la extraña noche de concurso, él dejó correr el agua por la tina hasta que el vapor empañó todos los cristales. Se dirigió a la cocina. Allí mismo se quitó la ropa y observó su reflejo en el refrigerador: su cuerpo se veía ligeramente bronceado, quizás trigueño. También se sentía más rígido de lo normal. Tomó el aceite de oliva y regresó al baño. Dejó caer unas gotas en la tina y se sumergió. Un aroma apacible y familiar llenó la habitación. Poco a poco, sintió cómo su cuerpo se relajaba y se expandía. A Marie le gustaba la salsa de jitomate, pensó, pero pronto todos sus recuerdos y sus preocupaciones se disolvieron.