Advertisement

La última cena. ¿Hay placer en la comida antes de morir?

 

 El placer de la mesa es de todas las edades, de todas las condiciones,

de todos los países y de todos los días. Puede asociarse a todos los demás placeres

y es el único que nos queda para consolarnos de la pérdida de los demás.

Jean Anthelme Brillat-Savarin

 

El placer de comer los platillos que a lo largo de nuestras vidas han provocado exaltación en las papilas gustativas o en el alma es tener un cachito de paraíso en la tierra, aunque, cuando se está en un estado mortecino o en el último paso hacia la ejecución, ¿la comida nos podría dar un placer?

Por Arturo Sodoma @arturosodoma77 **

En Rapsodia Gourmet, la escritora francesa Muriel Barbery nos narra los últimos días de un crítico gastronómico y su afán por recordar los placeres de la comida; ahí, postrado en su cama, desde ella, su vida y la cocina pasean por su mente. No todos somos Pierre Arthens, protagonista de la novela citada, para morir en paz con la imaginación llena de platillos, pero eso sí, todos tenemos nuestros platos favoritos con los que crecimos, con los que nos enamoramos, o con los que nos despedimos, platillos de grandes celebraciones o simplemente con los cuales nos gustaría despedirnos de este mundo.

Por desgracia, al general Álvaro Obregón, presidente electo de México, no se le dio la oportunidad. En el restaurante la Bombilla del pueblo de San Ángel, el 17 de julio de 1928, el general no pudo probar un suculento cabrito enchilado que le habían servido en la mesa minutos antes. Murió asesinado, con la barriga vacía, no a todos les sucede lo mismo, por fortuna. Hay quienes mueren ingiriendo de más y gustosos de tal acto.

El celebre Jean Anthelme Brillat-Savarin, jurista francés que no pasó a las páginas de la historia por las leyes, sino por su gran obra de cocina Fisiología del Gusto, tenía una hermana de nombre Pierrete que a sus casi cien años de edad, sintiendo que la muerte le llegaba con gran velocidad y fuerza, le dijo a la camarera: ahora que me queda poco de vida, tráeme la charola de los postres. Por cierto, hay un postre llamado Savarin en honor al jurista que es un bizcocho, muy envinado, pero esa es leña de otra lumbre.

 

Pierrete no fue la única persona dichosa que pudo deleitarse con las viandas antes de la defunción. Adolf Fredick, rey sueco del siglo XVIII, finiquitó su vida de monarca con un banquete, su última cena estuvo repleta de langostas, caviar, chucrut, arenque y postres, acompañados con litros de champagne, la cual lo llevó un 12 de febrero de 1771 a la tumba, por todo lo que se comió. Es conocido como: “The King who ate himself to death”. ¿Por qué un hombre iba a comer hasta morir?  Sólo el rey lo sabe.

Hay quienes no ostentan a tanto, a sabiendas que el final se encuentra en la otra recámara, prefieren comidas no tan lujosas. En el sistema jurídico de algunos de los estados de la Unión Americana existe la pena de muerte y con ella la última cena, los condenados pueden pedir platillos que no rebasen los cuarenta dólares, hay quienes no gastaron menos de uno o de plano prefirieron no hacer gastar a los contribuyentes estadounidenses.

Victor Feguer, vagabundo culpado de homicidio y sentenciado a la horca, pidió como última cena, una aceituna, Feguer se fue al patíbulo con el estómago enraizando un olivo, mientras que, el oriundo de Puerto Rico, Ángel Nieves Díaz, prefirió irse de esta vida sin “última cena”, y no la pidió porque él se declaraba inocente de sus cargos. No obstante, no se fue sin bocado, Díaz comió lo que todos los presos de la prisión Estatal de Florida comieron ese día, pavo, arroz y frijoles.

En un caso particular, uno de mis familiares cercanos le pasó lo mismo que a Pierrete. Después de décadas de diabetes y con las consecuencias que esta enfermedad conlleva, en la ceguera total y con pocos momentos de lucidez antes del suspiro final, pidió un atole y un tamal.

En sí, comer es uno de los grandes placeres de la vida, cosa que no he descubierto yo ni se necesita mucha fe para afirmarlo. Considero que comer también es un placer que nos puede dar mucha alegría hasta terminar nuestros días en este mundo o si no sabemos medirnos, podemos ser los nuevos monarcas “glotones suicidas”.

A muchos se les va la vida sin el último adiós a los sagrados alimentos, a otros se les da la oportunidad que hasta mueren de glotonería. En mi caso si tuviera la oportunidad de saber el fin de mis días, y que me dieran a escoger un platillo, realmente no sabría qué seleccionar, mi paladar ha probado mil cosas y le faltan millones por degustar, sólo espero que la vida me alcance para seguir saboreando deliciosas comidas, y  si la muerte me da la posibilidad de escoger un platillo, ojalá sea el correcto.

Sólo como dato, Da Vinci pintó en La Última Cena, puré de nabos, pan, anguilas y vasos semivacíos de vino. ¿Qué habrán comido esa noche?

 

**Conoce más de la obra de Arturo Sodoma en http://arturosodoma.blogspot.mx/