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La botella perdida

Por Gabriel Rodríguez Liceaga (@el_neb) Ilustración Víctor García (@artista_local)

Hubo un buen hombre que sobrevivió en una isla desierta, él solo, poco más de un año.

En ello no hay cuento alguno. El bestiario humano les llama “náufragos”. Tampoco viene al caso mencionar la cantidad de obstáculos que tuvo que eludir para mantenerse con vida. El lector puede fácilmente imaginarlos evocando los cientos de historias a fines que han sido escritas y filmadas. 

De hecho, hasta redactó un mensaje de auxilio y lo arrojó adentro de una botella hacia el ancho mar. Lucía como un pellejo de hombre cuando lo encontraron. Barbado y balbuceando en un asoleado idioma, era incapaz de distinguir entre monólogo y diálogo. Afortunadamente nuestro héroe había trazado semanalmente sobre la arena, y en una parte de la playa a la que las olas no accedían, todos los teléfonos que se sabía de memoria. Aquello era su ancla al mundo. Fue sencillísimo contactar a su gente en la tierra.

Su familia era adinerada. Esta circunstancia ayudó a propagar la trama. Y también a su posterior olvido inmediato.

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El hombre asistió a terapias y vacaciones lejos de ola alguna. A regañadientes extrajo de su corazón aquel desdichado año de carencias y peleas contra el azar, el apetito y los ciclos. Heredó los continentales del padre, buscó el amor y quizá lo encontró. Por lo menos forjó una familia fotogénica. Sumó sus días en meses y éstos en años. Rondando los sesenta fue víctima de una singular melancolía:

Quería tener en las manos el mensaje que desesperadamente había entregado al mar. ¿Era una botella de color? ¿Transportaba antes agua? ¿Era una botella de vino? ¿Vino de qué gentilicio? ¿Un recipiente de plástico, acaso?

Deseaba volver a leer aquella nota, anhelaba reconocerse aterrado en esas líneas que su mente recordaba torcidas e infantiles. Pero sobre todo quería conocer con certeza qué decían.

¿Qué?

Toda la fase del naufragio era, precisamente, una isla extraviada en la memoria del millonario. Simplemente eliminó de su registro esa candorosa suma entre mentira y memoria que es la vida de todo ser humano. Se le ocurrió emplear su poder económico para recuperar el mensaje. Publicó una convocatoria, incitando a la gente que encontró botellas en el mar en los últimos treinta y tantos años a que se las llevaran.

La expresión de "buscar la aguja en el pajar" se puso celosa.

El proyecto se antojaba más bien absurdo. Aun así llegaron pescadores de todo el mundo. Cientos de botellas y sus respectivas misivas hechas delgado taco. Huelga decir que la recompensa era, naturalmente, una cifra tan fantástica como el planteamiento en sí. Recibió indefinidamente a todos los marineros que tocaban a su puerta. Les preguntaba dónde habían encontrado tal frasco, como si tuviera una mínima noción del rumbo de las mareas y sus designios. Las aguas del globo desfilaron frente a sus ojos. Las manos le olían a arena, a pez. La mayoría de las cartas se pulverizaba antes de ser leída.

Ninguna era la suya. ¡Ninguna! Lloró al olvido. A lo irrecuperable. A la humana manía de no apreciar el instante. Se dio por vencido y, poeta involuntario, declaró desierto al concurso.

Los frascos y los tarros que recaudó terminaron apilados en una habitación en los sótanos de su palacete, formando una montaña.

Una tarde, encerrado en esa pieza, se secó el agua de los ojos. Cada una de esas botellas representaba, idealmente, a un abandonado en las islas. Un hombre. Fue como avistarlos a todos. Los recuerdos le regresaron de golpe: la sal, la sangre, el sudor y la espuma.

Es mentira: los recuerdos no regresaron.

 

*El escritor Gabriel Rodríguez Liceaga ha publicado El demonio perfecto (buap, 2008), Balas en los ojos (Ediciones B-Zeta bolsillo, 2011), El siglo de las mujeres (Ediciones B, 2012), Niños tristes (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013). Con Perros sin nombre fue acreedor al Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí.