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La paella y el fugitivo por Paulina del Collado

Conocí a Ramón entre pimientos rojos y granos de arroz. Era cumpleaños de mi mamá y la abuela, para consentirla, se pasó un día entero haciendo una paella que en palabras de mi papá: “No tenía eme”, que es lo que él dice para no decir “madre”. Piensa que es una grosería y que si yo la escucho voy a repetirla como un loro en lugares donde se supone que tengo que ser educada, como la escuela, la iglesia y la casa del licenciado Gómez, el jefe de mi papá —un señor bigotón que huele a zapato y que repite mucho la palabra “inflación”—.

Por Paulina del Collado Ilustración Víctor García

Los abuelos invitaron a toda clase de personas: a la familia conocida, a la desconocida y a una bola de gente que me trataba como si fuera una planta. Incluso fue el licenciado Gómez, quien también los domingos olía a zapato.

Me da miedo pensar que entre más vieja me vuelva, menos me va a importar la fiesta y más la comida. El chiste de este cumpleaños no era la piñata, ni siquiera soplar las velitas del pastel, sino que era rendirle culto a un platillo que yo no había probado. Algunos decían: “Le sale mejor que la valenciana” o “Lleva azafrán del bueno”.

 

           

Estábamos sentados cuando llegó el momento de la verdad: la abuela emergió de la cocina como un astronauta que acaba de abrir la compuerta de su nave. Cargaba una olla redonda, grandísima, llena de un arroz amarillento que jamás había visto en la vida. Parecía que sí había ido al espacio a cocinar.

            Me acerqué de puntitas hasta la olla para enterarme. No podía creerlo: nadie me había advertido que además de ser amarilla, la paella estaba llena de bichos con antenas, conchas y aros chiclosos.

—Guácala —dije en voz baja.

—Sí, a mí también me repugna todo esto —afirmó una voz cuyo dueño no pude adivinar.

Miré a un lado y al otro, pero toda la gente estaba sentada esperando ansiosamente que mi mamá y mi abuela se acercaran para ofrecerle un plato.

—Ni te hagas la que no me escuchó —siguió la voz. —Estoy aquí, debajo, entre el mejillón y el calamar.

Al principio pensé que estaba alucinando. Vi dos antenas largas y rojas que se movían ansiosamente entre la montaña de arroz. Ya sé que suena raro, pero juro que no estoy loca: Quien me estaba hablando era un camarón.

—Esto es un atropello. Una violación a los derechos de las criaturas marinas —decía el bicho mientras intentaba apartar un mejillón para salir de la olla.

—Estás hablando —susurré.

—No sólo estoy hablando. Me estoy quejando abiertamente. ¿Ves a ese molusco de allá? Ése era mi primo, Memo. Era un buen animal y, ahora, sólo porque tu abuelita quiso, va a terminar flotando en la panza de algún jubilado que vino a esta fiesta nomás por la comida.

—A mí también me cae mal esa gente. Me llamo Belén —dije acercando mi cara al punto donde estaba él.

—Hola Belén. Yo soy Ramón.

—¿Ramón, el camarón? —pregunté.

—Odio ese chiste. No lo hagas, mejor ayúdame a salir de este arrozal. Tengo que regresar al Pacífico.

—¿Yo?

—Claro que tú, ¿a quién más podría pedirle ayuda? Todos aquí me quieren cortar la cabeza.

Cuando estiré la mano para sacarlo de la olla, vi cómo el cucharón de metal descendía sobre el arroz y lo capturaba. Mi abuela le estaba sirviendo un plato nada más y nada menos que al licenciado Gómez.

—¡Mira qué manjar! —exclamó el hombre. —Además, tengo muchos camarones —presumió.

La muerte para Ramón se acercaba con cada bocado. Yo estaba nerviosa, veía sus antenas sacudirse, veía el bigote del licenciado llenarse de pequeños granos de arroz y veía el tenedor ir y venir de su boca con nuevas cargas de comida.

De pronto, el licenciado apresó a mi amigo con el tenedor. No pude contenerme y me lancé sobre él. Abrí su boca con mis manos, pero dentro no vi nada más que comida masticada.

—¿Y Ramón? ¡Te comiste a Ramón! —exclamé.

—Pero qué tiene esta niña maleducada. ¿De qué habla?

Estaba a punto de explicarle todo cuando vi dos antenas moverse junto a la ventana. Era Ramón, quien me saludó con dos de sus patas y luego dio un salto para regresar al Pacífico. Aunque primero iba a tener que pasar por el jardín de mis abuelos.

 

*Paulina del Collado (Ciudad de México, 1990) es ganadora del XIX premio Barco de Vapor con la novela El extraño caso de Santi y Ago (SM, 2014).