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Lur y la comida confort

Lur es quizás el reflejo más claro de la evolución gastronómica de la ciudad, es un sitio de cocina llena de confort, de buen servicio, de grata clase de la que acomoda y nos lleva a disfrutar el día.

Por Humberto Ballesteros @elbetob

Empecé a ser consciente sobre lo que comía a una edad tardía. La culpa no era de otra persona más que de los lugares que visitaba en familia, con los amigos de la familia y con esa extraña extensión de familia que era una sociedad coral en la que mis padres cantaban.

Los sábados, la costumbre era comer después de ir a Bellas Artes. Frecuentábamos Casa Rosalía, El Danubio y si era un día más relajado, visitábamos la cantina La Ópera, lugar mágico, donde cada vez que estábamos en su barra, algún amigo culto nos quería sorprender con la historia de la bala en el techo, del caballo que entró y de la revolución que aún no termina porque La Ópera sigue testimoniando en cada mesa cuando, los llamados hijos de la revolución, se sientan a comer largo y tendido en una tarde de miércoles cuando no hay sesión en la Cámara de Diputados.

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En esos lugares, el ambiente siempre me imponía, no podía rascar mi oreja, sentarme chueco o limpiar el plato con mi pan. De alguna manera me alejaban de ahí pese a que mi padre, la familia y los amigos les encantaba el servicio ceremonial, frío y en ocasiones exagerado. Como dirían hoy las nuevas generaciones: “no eres tú, soy yo.

Soy yo parte de esa generación en la que la cocina viene acompañada de manteles largos, emplatados amplios y vinos que no cambian en calidad, ni de etiqueta en muchos años. Pero como todo en la vida, me llegó mi etapa de rebeldía y fue así como caí en la desgracia gastronómica y de servicio.

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De comer sopa verde y un pescado montado en un refractario como los de mi abuela, acompañados con jitomates, limón amarillo y de guarnición arroz, pasé a la comida de carne de dudosa procedencia donde la palabra hamburguesa era sinónimo de libertad. Así también descubrí que el hot dog de madrugada con mucha grasa del tocino, los chiles de lata y los clásicos tacos de costo bajo, salvaban esas noches de fiesta adolescente.

Creció mi ciudad de México y el que gobernaba dejó de ser regente para convertirse en jefe de Gobierno y así, con esos cambios entre el año 1997 y el 2006, abrieron Pujol, Biko, Paxia y muchos lugares más que nos traían una nueva cocina de mejor estética, de sabores nuevos y de platos puestos entre aromas, espumas y productos que no conocíamos o que en ocasiones no se parecían a los de la casa antigua.

Fue en ese entonces cuando pensé que había dado el salto de la inconsciencia a la consciencia gastronómica. Ahí podía disfrutar del plato, de la estética del mismo y sobre todo de sabores que me atraían más todos los días. Sin embargo, no era del todo feliz en ese ambiente. Los precios eran tan altos como la misma experiencia. Algo me faltaba.

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Lur. La cocina de la tierra y el confort

A principios del mes de abril, en Polanco, Mikel Alonso y Gerard Bellver abrieron un nuevo espacio de cocina de confort en Presidente Mazaryk 86. Un lugar que desde que uno llega logra respirar lo relajado del profesionalismo y puede apreciar sin prisa alguna un buen lugar para comer y quedarse.

Lur es tierra y es un espacio que se da como brote verde en una ciudad llena de cemento y propuestas amables que en ocasiones nos llegan a sofocar; de alguna manera, es un bistro amplio donde los centímetros ganados al sillón pueden marcar la diferencia entre quedarme a comer o quedarme ahí toda la tarde. Quizás este es el sitio que deseo para poder fundar recuerdos en mi paladar.

Su carta es global, no solo hay platos de México, la presencia inglesa y española convergen con la cocina oaxaqueña y nos entrega una amplia gama de deseos para comer rico. La sopa de frijol entrega al final la oportunidad para pasear al pan sobre el plato, con libertad y con suavidad, creo que solo así se recoge todo lo que hay en su superficie. Los triángulos de quesadilla tienden a desaparecer muy rápido, el que esta relleno de chicharrón es un sutil agasajo, mientras que los canelones de pato nos hacen suspirar aun lejos del lugar.

Si este lugar hubiera existido en mi juventud o en mi infancia de mesas largas, de mantel blanco, quizás no cobraría la importancia que tiene para mí como comensal, De alguna manera, Lur es el reflejo de la nueva tendencia gastronómica de la ciudad, que junto con el clásico de siete años llamado MeroToro y el nuevo Pujol, nos llevan a entender que el renovarse es tan importante como el reinventarse en esta nuestra capital gastronómica.

La comida confort ha llegado, sería bueno guardar los manteles por una larga temporada.